El tambor no era nuestro… hasta que lo hicimos nuestro
¿Y si te dijera que el tambor no nos ha acompañado siempre? Que no nació con nosotras, pero que hoy lo estamos abrazando como si nos lo hubiéramos inventado. Porque no, el tambor no es un símbolo eterno de lo femenino. No está impreso en nuestro ADN. No se hereda con el ciclo menstrual ni se activa al ser madre. Pero sí se transforma en nuestras manos. Y eso ya es suficiente.
Parece que la percusión era cosa de hombres. Que hace falta fuerza. Que se necesita técnica. Que hay que estudiar música para atreverse a tocar. Y nos lo creímos. Nos alejamos del tambor como nos alejamos de tantos otros espacios que no estaban pensados para nosotras. Hasta que algo cambió.
Cada vez más mujeres, de todas las edades, historias y formas de ser, se están reuniendo para tocar. No para impresionar a nadie. No para ser las mejores. Sino para escucharse. Para recuperar el ritmo que la vida cotidiana les quitó. Para darse un espacio donde no hay partitura, pero sí cuerpo. Donde no hay escenario, pero sí comunidad.
El tambor, en este sentido, no es un retorno a lo esencial. Es un acto de reapropiación. Es coger algo que históricamente nos negaron o nos permitieron solo desde ciertos márgenes, y transformarlo en un territorio de libertad.
¿Qué papel han jugado las mujeres en la música tradicional? Una historia invisibilizada
Tocar, cuidar, resistir: mujeres al borde del escenario
¿Te has fijado en que casi nunca aparecen mujeres tocando tambores en las películas o los libros de historia? Y sin embargo, si rascas un poco, están ahí. En las plazas, en los rituales, en los márgenes. Tantas veces acompañando, cuidando, sosteniendo los espacios donde otros eran protagonistas.
En muchas culturas, las mujeres no tocaban el tambor en público, pero sí lo hacían en la intimidad. En bodas, funerales, nacimientos. No como artistas, sino como transmisoras. Sus toques eran gestos de cuidado. Cada golpe, un ritmo aprendido de la vida cotidiana. Un pulso que marcaba el paso del tiempo, de los ciclos, del dolor y del gozo.
El tambor como herramienta de transmisión cultural (y no de espectáculo)
En el África del Oeste, por ejemplo, muchas mujeres tocaban el sabar en contextos comunitarios, aunque el reconocimiento formal fuera para los hombres. En México, las parteras nahuas utilizan cantos rítmicos durante el parto. En el Pacífico, las danzas con tambores eran una forma de mantener viva la historia, pero también una herramienta de resistencia frente al colonialismo.
No eran conciertos. Eran prácticas vivas. Y eso también es política. Porque si algo hemos aprendido desde el ecofeminismo es que lo personal es político. Y cada ritmo compartido en esos espacios lo era también.
El ritmo que aprendimos cuidando: una conexión con la Tierra forjada por los roles de género
¿Estamos más cerca de la naturaleza por ser mujeres? ¿O porque nos colocaron ahí?
Aquí viene la gran pregunta: ¿tenemos las mujeres una conexión especial con la Tierra? La respuesta más honesta es: depende. No por ser mujeres, sino por cómo se nos ha enseñado a mirar, a cuidar, a escuchar. Porque históricamente, a nosotras nos asignaron el trabajo del cuidado: de las personas, del hogar, del entorno. Y en ese cuidado aprendimos a observar los ciclos, a entender los silencios, a respetar los ritmos.
No es que tengamos una esencia ecológica. Es que hemos vivido más cerca de la vida que otros. No porque queramos ser “madres de la tierra”, sino porque a menudo no nos dejaron ser otra cosa.
Naturaleza, cuerpo y trabajo: cómo nos educaron para escuchar lo que no suena fuerte
El ecofeminismo constructivista nos invita a repensar esta supuesta “naturaleza femenina”. A entender que si muchas mujeres están cerca de la tierra es porque la vida las puso ahí. Y desde ahí, han construido conocimientos, prácticas y resistencias que son profundamente valiosas.
Lo mismo pasa con el tambor. Quizás no lo heredamos como símbolo sagrado. Pero lo estamos haciendo nuestro desde la experiencia. Y en esa experiencia hay cuerpo, hay memoria, hay política. Porque cada vez que tocamos, dejamos claro que no queremos volver a los estereotipos. Queremos construir nuevas formas de relación. Con nosotras. Con la tierra. Con los demás.
¿Y si el tambor fuera una forma de reescribir nuestra historia?
Reapropiarnos del sonido: del silencio impuesto a la vibración elegida
Durante siglos, a las mujeres se nos ha pedido que callemos. Que seamos suaves, discretas, amables. Pero el tambor no tiene nada de eso. Es potente. Es ruidoso. Es visceral. Por eso, cuando una mujer se sienta a tocar un tambor, está rompiendo más de una barrera.
Tocar el tambor no es volver a lo esencial. Es decir: “Estoy aquí. Tengo algo que decir. Y no voy a pedir permiso para decirlo.” En los círculos de percusión, cada golpe es una afirmación. No necesitamos saber música. Necesitamos presencia. Necesitamos escucharnos en grupo y recordar que hay muchas maneras de hacer comunidad.
Sororidad rítmica: lo que pasa cuando nos reunimos a hacer música sin juicio
En espacios como La Música que Somos, el tambor no es solo un instrumento. Es una excusa para encontrarnos desde lo más genuino. Porque cuando no hay jerarquías, ni competencia, ni necesidad de “hacerlo bien”, surge algo mágico. Tocamos juntas. Escuchamos. Nos reímos. Nos emocionamos. Y de repente, somos una sola.
Ese círculo también es político. Es un microcosmos de lo que podríamos ser si dejáramos fuera los estereotipos, el ego y la autoexigencia. Si simplemente nos diéramos permiso para estar, sentir, vibrar.
La música como lugar político: resistencias, memorias y cuerpos que suenan
El tambor no como esencia, sino como elección
Lo importante aquí no es que tengamos “alma rítmica femenina”. Lo importante es que elegimos acercarnos al ritmo. Lo elegimos como una forma de reconexión. Como una manera de desafiar el ruido externo. De crear espacios seguros. De volver al cuerpo sin miedo. De vibrar con otras.
Porque eso también es hacer política. No desde el discurso, sino desde la práctica. Desde lo colectivo. Desde el tambor compartido.
Lo común se construye: el círculo como territorio feminista
El círculo de percusión no es solo una actividad bonita. Es una metáfora viva. Nadie está en el centro. Nadie lidera. Todas tenemos un lugar. Y cuando una se cae del ritmo, la otra la sostiene.
En un mundo que nos ha enseñado a competir, ese espacio de colaboración radical es profundamente revolucionario. Es un modelo de sociedad posible. Uno que no se basa en el mérito, sino en la escucha. En el sostén. En el deseo de compartir sin juicio.
Conclusión: Que el latido no lo decidan por nosotras
Volver al tambor no es volver a nuestros orígenes. Es crear un presente más justo, más libre y más vibrante. No se trata de esencializar lo femenino, ni de romantizar nuestra relación con la naturaleza. Se trata de entender por qué muchas mujeres encuentran en el tambor un lugar desde donde alzar la voz, vibrar juntas, y deshacerse de todo lo que la sociedad les ha dicho que “deben ser”.
Tocar el tambor es rebelarse. Contra el silencio, contra la domesticación del cuerpo, contra la exigencia de ser productivas o perfectas. Es permitirse fallar. Es moverse sin ritmo y encontrar uno nuevo. Es decir: “Este espacio también es mío”. Y no solo eso. Es decir: “Este espacio es para todas, incluso para las que nunca se sintieron incluidas”.
Y ahí está la fuerza del ecofeminismo: en recordarnos que lo común no se hereda, se construye. Que el vínculo con la Tierra, con la música, con otras mujeres no es natural, sino una posibilidad. Una que elegimos cada vez que nos acercamos con respeto, con ganas de aprender y de desmontar privilegios.
Por eso en Hacia lo Salvaje organizamos “La Música que Somos”, un círculo de percusión en plena naturaleza donde no venimos a tocar bien, sino a tocarnos el alma. Donde no hay expectativas, pero sí escucha. Donde recordamos, juntas, que el ritmo también puede ser una forma de sanar, de liberarnos y de reconstruir comunidad. No es solo un encuentro musical, es un espacio de transformación.
Así que si alguna vez pensaste que no sabías tocar, que no tenías ritmo, que no era para ti… déjame decirte que eso también es parte del relato que queremos romper. Porque nadie nace sabiendo sonar. Pero todas podemos aprender a escucharnos. Y ese es el primer paso para volver a latir juntas.






