Ecoficciones, el libro de de Asun Bernárdez, nos lanza esta pregunta ¿Y si las películas fueran semillas de cambio?
Y es que hay pelis que ves y olvidas. Pero hay otras que se te meten dentro, que te remueven, que te hacen decir: “yo quiero hacer algo”. Y ahí es donde aparece Ecoficciones, el libro de Asun Bernárdez que pone sobre la mesa una idea poderosa: que el cine también puede ser herramienta de transformación frente a la crisis ecosocial.
Lo sé. Nos bombardean con distopías, superhéroes, planetas que explotan y héroes que siempre son hombres guapísimos que salvan el mundo con un golpe de puño. Pero… ¿y si el verdadero acto de resistencia fuera cuidar? ¿Y si el cine pudiera ayudarnos a imaginar otro mundo posible, uno donde vivir no signifique explotar? De eso va este artículo sobre ecoficciones.
Sentipensar: cuando el corazón y la cabeza se dan la mano
Este concepto precioso viene de comunidades afrodescendientes en Colombia y atraviesa todo el ensayo. “Sentipensar” es pensar con el corazón. Y eso es justo lo que necesitamos: una mirada que no se quede solo en los datos del IPCC o en los titulares alarmistas, sino que conecte con lo que sentimos cuando vemos cómo se quema un bosque o desaparece una especie.
Asun Bernárdez no nos habla desde el miedo paralizante, sino desde una esperanza crítica. Nos dice: sí, esto es grave, pero también podemos cambiar los marcos mentales que nos trajeron hasta aquí. ¿Cómo? Con historias que nos emocionen, que nos sacudan, que nos despierten, eso son ecoficciones.
La trampa del héroe (y por qué necesitamos otras narrativas)
Una de las críticas más potentes de este libro ecofecciones es hacia ese cine lleno de superhombres que solucionan todo en solitario. ¿Dónde están las comunidades? ¿Dónde el apoyo mutuo? ¿Dónde el feminismo, los cuidados, lo colectivo?
Ecoficciones como La mujer de la montaña o Okja nos presentan otras formas de heroísmo. Mujeres mayores que hacen sabotaje ecológico, niñas que cruzan el mundo para salvar a su cerdo. Personajes que no buscan fama ni aplausos, sino justicia y afecto. Y eso, amigas, es profundamente subversivo.
No hay futuro sin cuidar (ni sin mujeres)
El libro y sus ecoficciones insisten: la crisis climática es también una crisis cultural. Y aquí entra en juego el ecofeminismo, no como etiqueta, sino como práctica. Porque no se trata solo de reciclar más o comer menos carne (aunque también), sino de cambiar la forma en que entendemos la vida, el poder, el progreso.
El cine puede ser un espejo de la realidad, sí. Pero también puede ser una brújula. ¿Qué pasaría si las pelis nos mostraran futuros basados en el cuidado, la cooperación, la justicia climática y de género? ¿Y si en vez de salvar el planeta con tecnología, lo salváramos con ternura?
El poder de la desobediencia civil… y de la ternura radical
Una de las joyas del libro es el análisis de cómo el cine puede legitimar formas de acción directa no violenta. Halla, la protagonista de La mujer de la montaña, es una profesora de canto que sabotea infraestructuras contaminantes. No lo hace por rabia, sino por amor a la Tierra y a la vida.
Aquí hay un mensaje clave: a veces, rebelarse es el acto más amoroso que puedes hacer. Decir “no” a un sistema injusto es una forma de cuidar. Y eso conecta con toda una genealogía de mujeres que usaron la desobediencia como herramienta política, desde Voltairine de Cleyre hasta Petra Kelly.
El cine como campo de batalla por el imaginario
Asun Bernárdez no idealiza el cine. Sabe que muchas veces refuerza estereotipos, que invisibiliza a las mujeres, que blanquea los discursos corporativos. Pero también sabe que dentro de esa maquinaria hay grietas. Y que por ahí pueden colarse otras historias, otras verdades.
Porque, seamos sinceras: si solo nos muestran futuros apocalípticos donde nada puede hacerse, ¿cómo vamos a creernos que otro mundo es posible? Necesitamos ficciones que nos enciendan la chispa, no que nos apaguen el alma.
Ejemplos de Ecoficciones que menciona Asún en su libro
Ecoficciones 1: La mujer de la montaña (2018): cuando cuidar también es rebelarse
Halla, una profesora islandesa de canto, decide sabotear una empresa de aluminio que destroza el paisaje. Armada con arco y flechas, y sin necesidad de súperpoderes, se convierte en una especie de Robin Hood moderna. Esta película es una joya porque rompe con el modelo clásico de heroína sexualizada y joven. Aquí tenemos una mujer de más de 50, cuerpa real, fuerza moral y una red de apoyos comunitarios.
¿Lo más poderoso? Que su lucha no nace del odio, sino del amor a la Tierra. Una oda a la acción directa no violenta y al derecho a decir basta ya cuando todo lo demás falla.
Ecoficciones 2: Okja (2017): ese túnel oscuro entre el animal y la carne
Imagina criar a un cerdo gigante como tu mejor amigo… y que una megaempresa lo secuestre para convertirlo en hamburguesas. Mija, una niña coreana, atraviesa medio mundo para rescatar a Okja. Detrás de esta historia (que mezcla ternura con crudeza brutal), se esconde una crítica feroz a la industria cárnica y al especismo.
¿Por qué importa? Porque nos pone frente al espejo: ¿cómo podemos adorar a nuestros perros y, al mismo tiempo, comernos a los cerdos sin pestañear? Una peli que habla de consumo, ética y la necesidad urgente de replantear nuestra relación con los animales.
Ecoficciones 3: El colapso (2019): ¿estamos preparadas para el fin del mundo?
Esta serie francesa (formato corto, capítulos de 20 minutos) es una bomba. Cada episodio muestra lo que ocurre en distintos lugares durante los días posteriores a un colapso energético global. Supermercados saqueados, personas huyendo, comunidades que se organizan… o se destruyen.
Lo bestia de esta serie es que no hay efectos especiales ni héroes salvadores. Solo caos, decisiones morales complejas y mucha tensión. Nos enseña que frente a un futuro incierto, la respuesta puede ser el egoísmo… o la cooperación.
Ecoficciones 4: Station Eleven (2021): el arte como refugio después del apocalipsis
¿Puede el teatro salvarnos cuando todo colapsa? Esta serie responde con un sí poético. Después de una pandemia que arrasa con casi toda la humanidad, un grupo de artistas viaja de pueblo en pueblo representando Shakespeare. Sí, como lo oyes.
Bernárdez destaca esta serie como una metáfora del poder del arte para sostener la esperanza cuando todo se derrumba. Porque aunque el mundo haya cambiado para siempre, seguimos necesitando historias, belleza, sentido.
Ecoficciones 5. El niño ciervo (Sweet Tooth, 2021): hibridarnos para sobrevivir
Una fábula preciosa y postapocalíptica en la que empiezan a nacer criaturas mitad humanas, mitad animales. ¿Milagro o amenaza? Gus, el protagonista, es un niño-ciervo adorable que representa lo mejor de esa “hibridación” entre lo humano y lo natural.
La serie plantea una gran pregunta: ¿y si la evolución no fuera separación, sino fusión? En un mundo en crisis, tal vez no se trate de imponernos a la naturaleza, sino de aprender a vivir en simbiosis.
Conclusión: necesitamos más historias que nos abracen y despierten
El cine puede ser evasión, sí. Pero también puede ser semilla. Las ecoficciones que propone Bernárdez no son manuales de supervivencia, sino brújulas emocionales. Nos ayudan a imaginar mundos distintos, donde la vida se pone en el centro y la heroína no es quien dispara más fuerte, sino quien cuida mejor.
Y eso, amiga, es justo el tipo de cine que necesitamos ahora.
Preguntas Frecuentes sobre Ecoficciones, cine ecofeminista y crisis ecosocial
¿Qué significa “sentipensar” en el contexto de ecoficciones?
Sentipensar es un concepto que viene de comunidades afrodescendientes y que Bernárdez usa para describir un pensamiento emocionado, que conecta sensibilidad y racionalidad.
En ecoficciones, no solo se muestran datos o escenarios apocalípticos, sino que se nos invita a sentir la pérdida de un bosque, la urgencia de cuidar a un animal o la belleza de la cooperación humana.
Es un tipo de mirada ecofeminista: pensar desde el afecto, el cuidado y la empatía, algo que encaja muy bien con el enfoque de Hacia lo Salvaje, donde la experiencia no se separa de la emoción.
¿Por qué se critica tanto el “héroe clásico” en el cine ecológico?
En el cine mainstream, la crisis climática suele resolverse con un héroe masculino, carismático y solitario, que salva el planeta con tecnología, fuerza o ingenio.
Ecoficciones cuestiona este modelo porque oculta la importancia de las comunidades, del cuidado y de la acción colectiva.
Películas como La mujer de la montaña o series como Station Eleven reemplazan ese héroe por redes de apoyo, mujeres que se organizan, artistas, cuidadoras y grupos que eligieron la cooperación.
Desde Hacia lo Salvaje, este cambio de narrativa nos interesa especialmente: el ecofeminismo nos recuerda que el verdadero acto de resistencia es cuidar, no “salvar a solas”.
¿Cómo se relaciona el ecofeminismo con el cine de ecoficciones?
El ecofeminismo aparece en las ecoficciones como una práctica, no solo como una etiqueta: se ven mujeres que cuidan animales, sabotean empresas contaminantes, defienden sus territorios o eligen la ternura radical frente a la brutalidad del sistema.
Películas como La mujer de la montaña o Okja ponen en el centro el vínculo emocional entre las protagonistas y la naturaleza, y cuestionan toda una lógica de explotación, especismo y hiper‑tecnificación.
En Hacia lo Salvaje, estas ficciones funcionan como espejos que nos invitan a imaginar otro tipo de futuros, menos centrados en el dominio y más en el vínculo.
¿Qué papel juegan La mujer de la montaña y Okja en ecoficciones?
La mujer de la montaña muestra a Halla, una mujer de más de 50 años, que se rebela contra una empresa de aluminio que destruye el paisaje islandés.
Su heroísmo no es estético ni sexualizado, sino político y afectivo: actúa por amor a la Tierra, con apoyo de su comunidad.
Okja, por otro lado, explora la contradicción entre el afecto profundo hacia un animal y la industria cárnica; sigue a una niña que recorre medio mundo para rescatar a Okja, su “mejor amiga”.
Ambas son ecoficciones clave para el libro de Asun Bernárdez porque cuestionan el poder corporativo, el especismo y la idea de que el cuidado es débil, algo que Hacia lo Salvaje resalta al leer y debatir estas historias.
¿Qué pueden enseñarnos series como El colapso, Station Eleven o Sweet Tooth?
El colapso nos muestra, por escenas cortas, cómo se desmorona el orden ante un colapso energético, y cómo la gente puede reaccionar con egoísmo o cooperación.
Station Eleven propone una visión poética: después de una pandemia, un grupo de artistas mantiene vivo el teatro como forma de sostener la esperanza.
Sweet Tooth imagina un futuro donde nacen criaturas híbridas entre humanos y animales, como símbolo de simbiosis, no de dominio.
Todas ellas son ecoficciones que invitan a imaginar futuros distintos, donde el arte, la comunidad y la relación con la naturaleza son la base de la resistencia, un enfoque que conecta directamente con el imaginario de Hacia lo Salvaje.
¿Cómo puede el cine convertirse en una herramienta de transformación ecosocial, desde la mirada de Hacia lo Salvaje?
Desde Hacia lo Salvaje entendemos que el cine no debe ser solo evasión, sino también semilla. Las ecoficciones que propone Asun Bernárdez nos ayudan a reconfigurar el imaginario: en lugar de aceptar el apocalipsis como destino inevitable, nos muestran alternativas basadas en el cuidado, la justicia de género y la desobediencia civil.
Al ver, comentar y pensar estas películas, el público puede dejar de sentirse impotente y empezar a imaginar otro mundo posible, más sostenible y más amoroso.
El cine se convierte así en un espacio de educación ecológica, ecofeminista y emocional, alineado con la propuesta de Hacia lo Salvaje de viajar, mirar y relacionarnos de otra forma con la vida.





