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166. Ciudades para la infancia (y la vida adulta): cómo recuperar calles, naturaleza y comunidad

¿Ciudades para la infancia? Sí mira, piensa en el barrio donde creciste. ¿Había árboles? ¿Un descampado donde construir cabañas? ¿Un lugar donde sentarte sin tener que consumir nada, donde el tiempo parecía estirarse y las tardes no tenían prisa?

Ahora piensa en la calle donde vive hoy una niña de ocho años.

¿Puede salir sola? ¿Puede jugar, aburrirse, ensuciarse, encontrarse con otras sin que todo esté vigilado o programado?

Nos han contado que las ciudades son ahora más peligrosas. Pero quizá no son más peligrosas: son más duras, más ruidosas, más rápidas. Más pensadas para coches que para cuerpos. Para producir y consumir más que para habitarlas

Hoy queremos hablar de cómo nuestras ciudades se han ido volviendo menos jugables, menos verdes, menos vivas. De cómo el adultocentrismo y el cochecentrismo han ido ocupando el espacio, y de qué pasa cuando desaparecen los árboles, la sombra o la tierra.

Y lo hacemos con:

  • Ianire de Andrés Olabarria es arquitecta y fundadora de IANI Estudio, en Euskadi, donde trabajan el diseño de espacios poniendo en el centro la sostenibilidad de la vida y la escucha real a la infancia.
  • Natalia Muñoz Ibañez es arquitecta técnica en Aupro Cooperativa, en Zaragoza, especializada en arquitectura natural, viviendas saludables y procesos de renaturalización de patios escolares.

Cuando las ciudades dejan de ser lugares para vivir

Las ciudades que habitamos hoy son, en gran medida, herederas de un modelo urbanístico que nació durante la industrialización, concretamente a cómo las pensó y diseñó Le Corbusier. A medida que las ciudades crecían, el espacio urbano comenzó a organizarse alrededor de la producción, el transporte y la eficiencia.

En ese proceso, el urbanismo fue priorizando ciertas funciones, trabajar, desplazarse, consumir, mientras otras dimensiones fundamentales de la vida quedaban en segundo plano. El encuentro cotidiano, el juego espontáneo o los cuidados rara vez han sido el centro de los planes urbanísticos.

Este cambio no ocurrió de forma brusca. Fue más bien una transformación lenta, casi imperceptible, que fue desplazando la vida cotidiana del espacio público hacia espacios cada vez más controlados o privatizados.

Las calles dejaron de ser lugares donde quedarse y empezaron a convertirse en lugares de paso.

Lo que todas recordamos de nuestra infancia

Cuando Ianire inicia procesos participativos con profesorado o comunidades educativas suele proponer un ejercicio muy sencillo: recordar un momento feliz de la infancia.

Las respuestas se repiten una y otra vez.

Casi todas las personas evocan momentos de juego al aire libre, explorando pequeños espacios de naturaleza cercanos a casa, construir guaridas con ramas, jugar con piedras o palos, perseguir insectos o mancharse de barro.

No eran necesariamente lugares espectaculares. A veces bastaba un árbol, una acequia o un pequeño descampado entre edificios.

Lo que hacía especiales esos espacios era la mezcla entre libertad y comunidad. Las niñas podían moverse con cierta autonomía, explorar el entorno y asumir pequeños riesgos mientras el barrio entero actuaba como una red informal de cuidado.

Ese tejido comunitario, vecinas que miran, comercios abiertos, personas mayores en las plazas, formaba parte de la seguridad cotidiana.

¿Por qué ahora las ciudades parecen más inseguras?

Hoy muchas familias sienten que la calle es un lugar peligroso para la infancia. Pero esa sensación tiene mucho que ver con cómo se ha transformado el espacio urbano.

Cuando desaparecen las niñas y los niños del espacio público, desaparecen también muchas de las dinámicas que mantenían vivos los barrios. Las calles pierden actividad, se vuelven espacios de tránsito y la vida cotidiana se desplaza hacia interiores privados o espacios hipercontrolados.

En la conversación aparece una idea muy potente: las ciudades sin niños son ciudades sin vida.

La presencia de la infancia en el espacio público es, en realidad, uno de los mejores indicadores de que una ciudad funciona.

Cuando los niños pueden jugar en la calle, normalmente también hay comercio local, vecinas conversando, personas mayores paseando y una red comunitaria que hace que los barrios sean más seguros y habitables.

El déficit de naturaleza en nuestras ciudades

Otro de los grandes temas que atraviesa la conversación es el creciente déficit de naturaleza en las ciudades.

Cada vez vivimos rodeadas de más asfalto, más superficies duras y más estímulos artificiales. La tierra, la sombra o el contacto directo con plantas y animales se han vuelto escasos en muchos entornos urbanos.

Esta desconexión no es solo estética. Tiene consecuencias directas en nuestra salud física y emocional.

Diversos estudios en campos como la neuroarquitectura muestran que el contacto con entornos naturales regula nuestro sistema nervioso y reduce el estrés. Incluso el olor de la tierra mojada, la geosmina, genera una sensación de bienestar profundamente arraigada en nuestra evolución como especie.

Nuestro cuerpo reconoce esos estímulos porque durante millones de años la supervivencia humana dependió de saber identificar lugares fértiles, con agua y vegetación.

Sin embargo, muchas ciudades contemporáneas han sido diseñadas como entornos casi completamente artificiales.

Patios escolares: el espejo del modelo urbano

Los patios escolares son un buen ejemplo de cómo se han diseñado muchos espacios urbanos en las últimas décadas. En numerosos centros educativos el patio sigue siendo una gran superficie de hormigón con un campo de fútbol en el centro y pocas alternativas de juego.

Natalia trabaja precisamente en procesos de renaturalización de patios escolares, que buscan transformar esos espacios incorporando tierra, vegetación y diversidad de usos. Pero advierte de algo importante: no basta con añadir elementos decorativos o colocar césped artificial.

Un espacio natural necesita ser verdaderamente vivo. Necesita permitir experimentar con el barro, observar insectos, cuidar plantas o construir pequeños refugios. La naturaleza, en ese sentido, no es un adorno sino una infraestructura fundamental para el desarrollo infantil.

Pensar las ciudades para la infancia

Una de las ideas más poderosas que atraviesa toda la conversación es que diseñar ciudades para la infancia beneficia a toda la sociedad.

Cuando una ciudad es accesible y segura para que una niña se mueva con autonomía, también suele serlo para una persona mayor, para alguien con movilidad reducida o para una familia que empuja un carrito.

La infancia funciona, en ese sentido, como un indicador muy preciso de la calidad del espacio urbano. Si una ciudad permite que las niñas y los niños jueguen, exploren y se encuentren, probablemente será también una ciudad más habitable para todas las personas.

Pensar el urbanismo desde esta perspectiva implica cambiar muchas prioridades: reducir el protagonismo del coche, ampliar los espacios peatonales, integrar la naturaleza en los barrios y fortalecer la vida comunitaria.

Ciudades para la infancia y la vida adulta

En el tramo final del episodio proponemos a las invitadas imaginar cómo serían ciudades verdaderamente pensadas para la vida.

La imagen que aparece no es la de una ciudad futurista llena de tecnología, sino más bien la de barrios donde el espacio público vuelve a tener sentido. Calles donde el tráfico está calmado, plazas donde es posible quedarse, colegios que abren sus patios al barrio y espacios verdes que no funcionan solo como decoración, sino como ecosistemas vivos.

En el fondo, la pregunta es sencilla: ¿qué tipo de ciudades necesitamos para vivir mejor?

Tal vez no necesitemos ciudades más grandes ni más rápidas, sino ciudades más verdes, más lentas y más comunitarias.

ciudades para la infancia (y la vida adulta)

Notas del Podcast Ciudades para la infancia (y la vida adulta)


Preguntas Frecuentes sobre ciudades para la infancia y la vida adulta

¿Qué son las ciudades para la infancia?

Las ciudades para la infancia son aquellas diseñadas teniendo en cuenta las necesidades reales de niñas y niños: movilidad segura, espacios para el juego libre, contacto con la naturaleza y autonomía progresiva. Cuando una ciudad es buena para la infancia, normalmente también es más habitable para personas mayores, familias y otros colectivos vulnerables.

¿Por qué cada vez hay menos niños jugando en la calle?

Diversos factores influyen en este fenómeno: el aumento del tráfico, el diseño urbano centrado en el coche, la falta de espacios naturales cercanos y la desaparición de redes comunitarias en los barrios. Todo ello ha ido desplazando el juego infantil hacia espacios cerrados o actividades organizadas.

¿Qué es la renaturalización de patios escolares?

La renaturalización de patios consiste en transformar patios dominados por el hormigón en espacios más diversos y naturales, incorporando vegetación, tierra, agua y diferentes tipos de juego. Estos proyectos buscan mejorar el bienestar infantil y fomentar el aprendizaje a través del contacto directo con la naturaleza.

¿Cómo influye la naturaleza en el desarrollo infantil?

El contacto con la naturaleza mejora la salud física y emocional, favorece la creatividad, reduce el estrés y estimula el aprendizaje. Numerosos estudios muestran que los entornos naturales ayudan a regular el sistema nervioso y contribuyen al desarrollo cognitivo.

¿Por qué pensar las ciudades desde la infancia mejora la vida adulta?

Porque la infancia necesita espacios accesibles, seguros y cercanos. Cuando una ciudad responde a esas necesidades, también mejora la movilidad, la salud y la calidad de vida de toda la población.

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