¿Te has parado a pensar la cantidad de animales que “matamos” al día sin darnos cuenta?
Coger el toro por los cuernos.
Matar dos pájaros de un tiro.
Ir como pollos sin cabeza.
La curiosidad mató al gato.
A cada cerdo le llega su San Martín.
Lo escribí hace poco en una newsletter y desde entonces tenía pendiente hablar de esto por aquí. Nuestro refranero está lleno de expresiones que normalizan la explotación, el sufrimiento o la muerte de animales como si fueran metáforas inocentes. Como si no hubiera nada detrás.
Y claro, a lo mejor piensas: “Bueno, pero son solo palabras”, «refranes de toda la vida»
¿Solo palabras?
Hoy quiero hablarte de lenguaje antiespecista, de esa mirada que cuestiona el antropocentrismo, esa idea de que el ser humano es el centro del universo, y de cómo el ecofeminismo nos invita a revisar incluso lo que decimos casi sin pensar.
Porque sí, las palabras construyen mundo. Y si queremos otro mundo, quizá tengamos que empezar por ahí.
Qué es el lenguaje antiespecista (y por qué no es una moda)
El lenguaje antiespecista es aquel que evita reproducir la idea de que los animales están al servicio del ser humano. El especismo, como explicó el psicólogo Richard Ryder y popularizó Peter Singer, es la discriminación basada en la pertenencia a una especie. Es considerar que los intereses de los humanos valen más que los de otros animales simplemente por ser humanos.
El lenguaje especista aparece cuando utilizamos a los animales como insulto (“eres un cerdo”), como metáfora de torpeza (“ir como un pato mareado”) o cuando trivializamos su sufrimiento (“matar dos pájaros de un tiro”).
¿Es grave? No parece. ¿Es estructural? Totalmente.
Marta Tafalla lo explica de forma preciosa cuando habla de la invisibilización del sufrimiento animal en nuestra cultura. No vemos, no queremos ver, y el lenguaje nos ayuda a mantener esa distancia. Si el animal es metáfora, deja de ser sujeto.
Carol J. Adams, en La política sexual de la carne, va todavía más allá y nos muestra cómo el sistema patriarcal convierte tanto a los cuerpos de las mujeres como a los de los animales en objetos de consumo. Lo que no se nombra, lo que se fragmenta, lo que se convierte en “producto” deja de percibirse como alguien.
El lenguaje no es neutro. Es un espejo del sistema. Y también puede ser una herramienta para desmontarlo.
Antropocentrismo: cuando nos creímos el centro del universo
El ecofeminismo lleva décadas señalando algo incómodo: la misma lógica que ha oprimido a las mujeres es la que ha explotado la Naturaleza y a los animales.
Carolyn Merchant, Vandana Shiva, Alicia Puleo… muchas pensadoras han explicado cómo la modernidad construyó una visión mecanicista del mundo. La Tierra dejó de ser madre para convertirse en recurso. Los animales dejaron de ser sujetos para ser mercancía. Y las mujeres… bueno, ya sabemos.
El antropocentrismo es esa creencia profunda de que todo gira en torno a nosotras. Que la Naturaleza está ahí para nuestro disfrute. Que los animales existen para ser usados, observados, comidos, fotografiados.
¿Te suena cuando hablamos de turismo?
Cuántas veces viajamos con la mentalidad de “ver”, “hacer”, “coleccionar”. Los Big Five. La foto con el masái. Nadar con delfines en Zanzíbar. Como si el mundo fuera un escaparate.
El ecofeminismo nos invita a cambiar la pregunta. No es: ¿Qué puedo sacar de este lugar?. Sino: ¿Cómo puedo relacionarme con este lugar sin violentarlo?
Y eso empieza también por cómo hablamos de él.
Refranes, metáforas y violencia normalizada
El refranero popular es sabio, sí. Pero también es hijo de su tiempo.
Cuando decimos “a cada cerdo le llega su San Martín”, estamos normalizando la idea de que matar a un animal es justicia poética. Cuando hablamos de “ir como pollos sin cabeza”, usamos una imagen que, si la pensamos dos segundos, es brutal.
No se trata de censurar el lenguaje. Ni de convertirnos en policías de las palabras. Se trata de entrenarnos.
Igual que aprendimos a cuestionar el lenguaje sexista, y ahora muchas ya no decimos “los hombres” para referirnos a la humanidad, podemos empezar a revisar expresiones que cosifican a los animales.
Marta Tafalla propone algo hermoso: buscar palabras más precisas, más cuidadosas, más bellas. Hablar desde lo que sentimos sin necesidad de usar el sufrimiento ajeno como metáfora.
En vez de “matar dos pájaros de un tiro”, ¿por qué no “resolver dos cosas a la vez”?
En vez de “coger el toro por los cuernos”, ¿por qué no “afrontar el problema”?
No perdemos fuerza. Ganamos coherencia.
Lenguaje antiespecista y turismo responsable con animales
Aquí es donde todo se vuelve incómodo (y necesario).
Si asumimos que el lenguaje crea realidad, también tenemos que revisar cómo hablamos del turismo con animales. No es lo mismo decir “vivir un safari” que “hacer un safari”. No es lo mismo hablar de “ver animales salvajes” que de “observar fauna en su hábitat con respeto”.
El turismo responsable con animales no es una etiqueta bonita. Es una práctica exigente.
Un safari mal gestionado puede alterar los hábitos de depredación, alimentación o reproducción. Puede generar estrés crónico. Puede provocar transmisión de enfermedades. Puede convertir la vida salvaje en espectáculo.
Pero cuando se hace bien, puede:
- Financiar proyectos de conservación.
- Generar empleo local digno.
- Fomentar el respeto por los ecosistemas.
- Conectar emocionalmente a las personas con la Naturaleza.
La diferencia está en la mirada.
¿Vamos a “cazar fotos”? ¿O vamos a observar desde la humildad?
En Viajes Hacia lo Salvaje tenemos claro que el turismo es una herramienta de doble filo. Por eso cuidamos cada detalle. Por eso trabajamos con profesionales formadas. Por eso el viaje tiene el sello de FAADA. Porque no queremos ser parte del problema.
Queremos formar parte del cambio.
Tanzania desde una perspectiva ecofeminista
Cuando diseñamos el viaje alternativo a Tanzania, sabíamos que no queríamos hacer “otro safari más”. No queríamos coleccionar leones ni puestas de sol para Instagram.
Queríamos preguntarnos: ¿Cómo sería viajar desde una perspectiva ecofeminista? Y eso cambió todo.
Elegimos trabajar con Nasra, una de las pocas mujeres guías en Tanzania. Ella misma lo dice: “Aquí hay mucho machismo, la mujer se tiene que quedar en casa”. Contratarla no es solo logística. Es posicionamiento político. Es redistribución real de oportunidades.
Nasra no es “la guía local”. Es parte del grupo. Es diálogo. Es interculturalidad. Es sororidad tangible.
Además, diseñamos el viaje para que no sea hermético ni frenético. No vamos de safari en safari como si estuviéramos en un parque temático. Hay caminatas, encuentros con mujeres tanzanas, visitas a proyectos sociales y medioambientales. Hay espacio para conversar, para escuchar, para cuestionarnos.
No vamos de salvadoras blancas. Vamos a aprender. A compartir. A mirar de frente las contradicciones.
Tanzania es impresionante, sí. El Kilimanjaro, los manglares, los atardeceres imposibles. Pero también es un país donde las mujeres enfrentan violencia doméstica, matrimonios infantiles, embarazos tempranos. Lo dice Edda Sanga, directora de TAMWA.
Viajar desde el ecofeminismo es sostener ambas realidades sin romantizar ni explotar.
Es entender que no somos el centro.
¿Y si empezamos por las palabras?
Quizá cambiar el mundo suene grandilocuente. Pero cambiar cómo hablamos está a nuestro alcance.
El lenguaje antiespecista no es perfección. Es práctica. Es conciencia. Es pausa.
La próxima vez que estés a punto de decir “matar dos pájaros de un tiro”, tal vez te detengas un segundo. No por corrección política. Sino por coherencia interna.
Porque si queremos relaciones más justas, con otras mujeres, con otras culturas, con la Naturaleza, necesitamos revisar las bases invisibles que sostienen nuestras ideas.
El ecofeminismo nos recuerda algo simple y revolucionario: no estamos por encima. Estamos dentro.
Y viajar, escribir, hablar… puede ser una forma de recordarlo.
Si este tema te remueve, si sientes que quieres explorar otras maneras de relacionarte con el mundo, quizá nuestro viaje a Tanzania sea un buen lugar para empezar. No para salvar nada. Sino para aprender a mirar distinto.
Y quién sabe. A lo mejor el verdadero safari empieza en el lenguaje.





