¿Te ha pasado? Vuelves de un viaje, abres la galería del móvil y tienes doscientas mil fotos. Mercados, telas de colores, una puesta de sol, mujeres cargando cosas en la cabeza. Y ni un solo nombre.
No creo que lo hagamos con mala intención. Creo que hemos aprendido a mirar así, nosotras en el centro del relato y todo lo demás, la gente y el territorio, de decorado.
Por eso quería arrancar temporada hablando de esto: de cómo viajar a Senegal, o a cualquier otro sitio, sin colocarnos por encima. Y para hacerlo me senté con Ángela López, formadora y facilitadora en igualdad, integración social, con más de veinte años acompañando a grupos de mujeres.
Y es que Ángela se viene con nosotras a Senegal, no como guía, sino para que lo que pase entre las mujeres de allí y nosotras sea una conversación.
Esto es lo que me llevé de esa charla.
Volver de un viaje con doscientas fotos y ni un solo nombre
Hay una diferencia que Ángela nombra con dos palabras muy sencillas: el escaparate y el encuentro.
El escaparate es esa semana con siete días de calendario en la que vamos fichando lugares. La foto de las mujeres en el mercado. La foto del baobab. Volvemos con el carrete lleno y con la sensación rara de no haber hablado con nadie.
El encuentro es lo otro. Es pararse, preguntar, intercambiar, intentar entender cómo se vive un martes cualquiera en ese sitio. Ángela dice que entre una cosa y la otra hay una línea muy fina, y que no se cruza por casualidad, se cruza porque decides cruzarla.
Ese es el hilo del que tira todo el episodio, y también todo este artículo. Porque viajar a Senegal de una manera o de la otra no depende del itinerario. Depende de con qué mirada te bajas del avión.
Quién es Ángela López y por qué viaja así
Ángela es formadora y facilitadora. Desde su proyecto, merakiA’s, trabaja la igualdad, la prevención de las violencias machistas y la diversidad con grupos de mujeres. Lleva en esto más de veinte años.
Meraki es una palabra medio griega medio turca que significa poner el alma, el amor y la creatividad en lo que haces. El proyecto nace, según ella, de «un proceso de oruga que luego se convierte en mariposa», una crisis, un duelo, unas cuantas experiencias laborales que le rompieron el corazón y, al final, la certeza de que era «una sujeta legítima y válida para emprender», sin tener que estar bajo la supervisión de otra mirada.
Le pregunté de dónde le viene el feminismo, si lo trajo de casa o si le cayó encima un día. Me dijo que intuitivamente siempre lo supo, aunque tardara en ponerle nombre. Que estudió Historia y desde primero le chirriaba la mirada con la que se contaban los hechos, dónde estaban las mujeres, dónde estaba la gente no blanca, dónde estaba lo no occidental.
Y añadió otra capa que casi nadie nombra: la clase. «Yo soy obrera«, me dijo, y contó que estudiar significó sacar notas suficientes para conseguir una beca. Esa mirada a las desigualdades cruzadas es la que trae al viaje.

El feminismo no es un invento nuestro
Esta es la frase que más me removió de toda la conversación, y creo que va a ser también la que más te remueva a ti.
Ángela llegó a Senegal la primera vez con un estereotipo en la maleta. El de siempre, que las mujeres de allí estarían más sujetas al machismo que nosotras. Y lo que se encontró le hizo, en sus palabras, un cortocircuito en el cerebro.
Porque el feminismo estaba ya allí. Otro feminismo, eso sí:
- Más comunitario, que nace dentro de las redes de mujeres y no en una universidad.
- Más intuitivo, sin manual ni bibliografía.
- Basado en la ayuda mutua y en la crianza compartida.
- Con la vida en el centro, fuera de la lógica de producción capitalista.
- Muy pegado a la tierra, a los árboles, a los ciclos.
Lo que ella concluye es que aunque los objetivos coincidan, la lucha puede ser distinta, y eso no la hace menos feminista. «Es posible ser feminista aunque tengas cuatro o cinco hijos», dice. Y sobre las mujeres senegalesas, que trabajan dentro de casa y fuera de casa y además lideran su comunidad y su familia: «son leonas».
Aquí hay un matiz importante que ella misma pone, y que no me quiero saltar. Reconocer que existen otros feminismos no significa aceptarlo todo. Ángela lo dice claro, hay que estar vigilantes con el relativismo cultural, porque la romantización es tan mala como el supremacismo blanco. No todo es permisible. La diferencia está en escuchar a la otra en lugar de imponer lo que a mí me parece importante.
Si vas a viajar a Senegal con la idea de que llevas algo que enseñar, este episodio te va a desmontar.
La danza como manera de estar, no como actividad del programa
Ángela baila desde siempre. Probó danza oriental, salsa, bachata, tribal fusión, y no acababa de encajar en ninguna. Hasta que un día vio un cartel de danza africana y, cuenta, le dio un vuelco el corazón.
Lo que dice un cuerpo cuando entra a una sala
Sus talleres no son mujeres sentadas en círculo hablando. Ella las pone a moverse, porque dice que el cuerpo siempre habla, sobre todo cuando hay conceptos que no tenemos acuñados o palabras que no sabemos decir.
Y sabe leer un grupo antes de que nadie abra la boca. Por los hombros encogidos. Por la mirada que cuesta levantar. Por el sitio que cada una ocupa en la sala, que casi siempre es menos del que le corresponde:
«Los cuerpos dicen ‘tengo miedo’. Los cuerpos dicen ‘no me siento suficiente’. Los cuerpos dicen ‘soy pequeña’.»
Lo que más le sigue emocionando, veinticinco años después, es ver a esas mismas mujeres al final. El pecho abierto, los hombros hacia atrás, la voz que sale. «Estos cuerpos no son los mismos cuando entran que cuando se van.»
A ella le gusta decirlo con una imagen, dejar de mirar a los sótanos y pasar a mirar del primer piso para arriba. Porque tenemos derecho a mirar, y también a que se nos vea.
Por qué en la danza africana no hay edad ni cuerpo correcto
Aquí está lo que la enganchó. En la danza africana todos los cuerpos son legítimos y todos los movimientos son libres. Hay técnica, claro, pero luego cada una le pone su flow. Hay señoras bailando con sesenta, setenta y ochenta años.
Y no está separada de la vida. Hay ritmos para la siembra, ritmos para cuando se sale a pescar, ritmos para una boda. Se baila con calabazas. Está pegada a los ciclos de la tierra.
Ángela lleva años en la danza malinké, de Guinea, y desde hace un tiempo se ha enamorado del sabar, que es de Senegal. Y me habló del tama, ese tambor pequeñito al que llaman el parlante, porque habla, lo que te dice el tambor, lo que a ti te resuena, cómo le respondes. Un diálogo.
De esto mismo hablé también con Marta de Tambora en su día, aquí hemos academizado tanto la música que se nos ha olvidado que no hace falta ser profesional para cantar, para bailar o para celebrar.
Cuatro preguntas para viajar a Senegal (o a cualquier sitio) de otra manera
Si te llevas una sola cosa de este episodio, que sean estas cuatro preguntas. Ángela se las hace cuando viaja, y funcionan igual de bien en Senegal como en el pueblo de al lado:
- ¿Estoy mirando o me estoy encontrando?
- ¿Estoy conociendo o estoy consumiendo una experiencia?
- ¿Estoy escuchando o estoy proyectando lo que yo creo que la otra necesita?
- ¿Estoy ocupando o estoy compartiendo?
Le pregunté qué le diría a una mujer que quiere viajar a Senegal así, pero tiene miedo de hacerlo mal. De meter la pata sin darse cuenta.
Su respuesta me pareció el mejor antídoto contra la parálisis: ninguna estamos libres de meterla, y no pasa nada. Lo que no sabes, lo preguntas. «Antes de juzgar o de prejuzgar, pregunta», dice. Y preguntar desde la curiosidad («¿por qué lo haces así?») es bastante más honesto que juzgar por dentro y callarse.
Hay algo más que ella nombra sin adornos y que a mí me parece de las cosas más sanas del episodio, el privilegio del pasaporte. Nosotras podemos ir. La mayoría de la población del mundo no puede hacer ese viaje al revés. Viajar con buena intención no disuelve ese desequilibrio, pero saberlo cambia cómo te colocas.
Y una lección de allí que se puede aplicar mañana mismo aquí, pregúntale primero a la persona cómo está, y ya luego pregúntale por dónde se va a donde quieras ir.
Los cincuenta no son el techo, son el permiso
Ángela acaba de cumplir los cincuenta y dice que es ahora cuando mejor se lo pasa.
Uno de sus talleres se llama Con mucho age y coraje, y el «age» no viene de la edad (yo lo entendí mal) viene del «ángel» andaluz, del salero. Se lo puso porque hay procesos que parecen circunscritos a ciertas etapas vitales, y no lo están.
Ella lo cuenta así, a esta edad puede permitirse seguir deseando conocer sitios, puede permitirse explorar, puede permitirse colocarse en un lugar del que no se la espera. Y eso, dice, es rebeldía. Es una subversión.
Pero además hay algo práctico. A los cincuenta se tienen mejores herramientas para distinguir el escaparate del encuentro. Para reconocer cuándo nos están vendiendo supremacismo blanco envuelto en folleto. Para preguntarse desde dónde está una mirando y a quién está colocando de decorado.
Por eso ella insiste en que viajar a Senegal es un viaje para todas las edades, y que no es un viaje solo para bailar: es un viaje en el que se entiende por qué la danza es tan importante.
Ir a Senegal acompañada de una mirada que no se coloca por encima
Si has llegado hasta aquí, sospecho que ya no te vale cualquier forma de viajar.
Qué es el viaje de Hacia lo Salvaje a Senegal – Casamance
Vamos de Dakar a la Casamance. Doce días de danza, de tierra y de sororidad, en grupo pequeño de mujeres, con Fatou como guía local. El itinerario completo, las fechas y todo lo práctico están en la ficha del viaje, que es donde se busca eso.
Por qué Ángela viene, y no como guía
Ángela no viene a explicarnos Senegal. Viene a poner el foco en las mujeres, a facilitar que las conversaciones con ellas sean conversaciones y no visitas guiadas, y a sostener el trabajo con el cuerpo y con la danza. Es la diferencia entre mirar y encontrarse, pero con alguien al lado que lleva veinte años entrenando esa distinción.
Si quieres viajar a Senegal de esta manera, acompañada de mujeres con las que algo encaje, esto es lo que hacemos en Hacia lo Salvaje. Tienes toda la información del viaje a Senegal y Casamance en su ficha.
Preguntas frecuentes sobre viajar a Senegal
¿Qué significa viajar a Senegal sin mirada colonial?
Significa dejar de colocarse en el centro del relato. En la práctica, preguntar en lugar de suponer, pedir permiso antes de fotografiar, aprender tres palabras del idioma, y aceptar que no vas a descubrir nada porque el lugar ya estaba ahí, con su propia voz. Ángela lo resume en cuatro preguntas que puedes hacerte cada día del viaje.
¿Hace falta saber bailar para viajar a Senegal con Hacia lo Salvaje?
No. En la danza africana no hay edad, ni cuerpo correcto, ni conservatorio. Hay técnica, sí, pero cada una le pone su ritmo. Ángela lo dice clar, todos los cuerpos son bailables y todos los movimientos son libres.
¿Qué es el sabar?
El sabar es una danza de Senegal y también el nombre de una familia de tambores. Ángela se ha formado en ella y cuenta que va de mostrarse, de salir al centro con lo que tienes, vulnerabilidades incluidas. Dentro de esa familia está el tama, el tambor pequeño al que llaman el parlante porque mantiene un diálogo con quien baila.
¿Se puede ser feminista en Senegal?
Sí, y de hecho ya lo son. Lo que cambia es la forma, un feminismo comunitario, intuitivo, hecho de redes de mujeres, ayuda mutua y crianza compartida, con la vida en el centro. Como dice Ángela en el episodio, el feminismo no es un invento nuestro.
¿Qué idioma se habla en Senegal?
El francés es la lengua oficial, pero el wolof es la lengua vehicular en la calle. Ángela lo está aprendiendo, y cuenta que está lleno de palabras que tienen que ver con el reconocimiento de la otra persona y con la paz. Aprender tres palabras acerca más de lo que parece.
¿Es un viaje solo para mujeres jóvenes?
No. Ángela acaba de cumplir cincuenta y defiende justo lo contrario, que esta es una edad estupenda para viajar así, porque se tienen más herramientas para distinguir el turismo de escaparate del encuentro. Colocarse en un lugar del que no se te espera es, en sus palabras, una subversión.
¿Dónde escucho el episodio completo con Ángela López?
En el reproductor de esta misma página, y en iVoox, Spotify, Apple Podcasts y donde escuches el podcast de Hacia lo Salvaje. Dura algo más de una hora y merece la pena escucharlo entero.

