El sabar en Senegal no es solo un tambor. Es la palabra que en Senegal nombra a la vez el instrumento, el ritmo que sale de él, la danza que lo acompaña y la fiesta entera que se monta alrededor.
Si alguna vez has visto un vídeo de mujeres wolof bailando en corro en una calle de Dakar, cadera suelta, sillas de plástico alrededor y los tambores marcando cortes secos, eso es un sabar. Y no es un espectáculo montado para turistas, es lo que pasa en un barrio un martes cualquiera, cuando alguien cumple años, se casa, o simplemente le apetece convocar a las vecinas.
Llevo un tiempo mirando cosicas de estas porque Ángela me ha metido «el bicho» dentro, ella lleva tiempo practicándolo, y es uno de los aliciantes para el viaje que estamos preparando a Senegal con un grupo de mujeres. El sabar aparece en varios momentos del itinerario, pero antes de contártelo desde el viaje, quiero contarte qué es de verdad, sin la mirada romántica que suele acompañar a «la danza africana» en genérico.
El sabar tiene su origen en la sociedad wolof de Senegal, aunque hoy también forma parte de las culturas lébou y serer. La palabra funciona en varios registros a la vez. Nombra la familia de tambores de pie, tallados en madera de mango, caoba o dimb y tensados con piel de cabra. Nombra también el ritmo que se toca sobre ellos, la danza que provoca y la fiesta que convoca a todo el barrio.
Un sabar en Senegal no se organiza porque sí. Se convoca para bautizos, bodas, circuncisiones, luchas tradicionales (la famosa lucha senegalesa) y también para rituales terapéuticos conocidos como ndëpp, donde el ritmo se usa para apaciguar y tratar malestares que la comunidad atribuye a fuerzas invisibles. En estos rituales, la música no acompaña: es la herramienta principal de curación, y el tambor decide cuándo el proceso ha terminado. Hay incluso una distinción horaria: el sabar que se celebra por la tarde tras la oración se llama simplemente sabar, y el que se celebra de noche recibe otro nombre, tànnëbéer, aunque la estructura es la misma: círculo, tambores, mujeres que entran a bailar unos segundos intensos.
Lo que más me llama la atención es que no hace falta un motivo grande para montar uno. Un sabar puede nacer de que a alguien le apetece celebrar que ha llegado el fin de semana.
El círculo de mujeres: cómo se organiza un sabar en Senegal
Los estudios sobre el sabar lo describen como una auténtica máquina social, y organizada por y para mujeres. Son ellas quienes convocan el evento, quienes ocupan el centro del círculo y quienes, desde niñas, aprenden a moverse dentro de sus códigos. Los hombres suelen quedarse en la periferia, tocando los tambores, mientras el centro es territorio femenino.
La técnica de la danza tiene su propia gramática. Se distingue un sabar aéreo, llamado fecc gaaw, con saltos y movimientos hacia arriba, y un sabar cerca del suelo, fecc suuf, con torsiones de cadera y rodillas más bajas. Cada frase de baile dura entre diez y treinta segundos: preparación, subida, bajada, y de vuelta al corro para que otra mujer ocupe el centro.
Hay algo que me parece especialmente honesto en este sistema: el dinero circula de forma visible. Las espectadoras apoyan económicamente a músicos y bailarinas, deslizando billetes o haciendo donaciones directas mientras dura la fiesta. Nadie finge que el arte y el dinero van por caminos separados: al contrario, bailar bien en el centro del círculo puede significar volver a casa con más que aplausos. El sabar es también, sin disimulo, una forma de economía popular y de prestigio social entre mujeres.
Cuerpo, sexualidad e islam: las tensiones del sabar
Aquí es donde el sabar se pone incómodo para muchos discursos, y por eso mismo me parece importante no edulcorarlo. La danza sabar celebra de forma explícita la sexualidad femenina: gestos de pelvis y cadera muy marcados, en una sociedad que predica recato y contención en el cuerpo de las mujeres. No es casualidad ni descuido: es precisamente esa tensión lo que convierte al sabar en un espacio donde algo se libera durante un rato.
Esa tensión no es anecdótica. Algunas versiones contemporáneas del sabar, en concreto el leumbeul cuando enfatiza los movimientos de glúteos y pelvis, han sido calificadas de «indecentes» y llegaron a prohibirse en países como Mali. En el propio Senegal hay barrios donde no se permite montar sabar ni poner música alta, y los debates sobre «decencia», vestimenta y exposición del cuerpo son constantes.
Lo que a mí me interesa de esta tensión no es resolverla, sino nombrarla. El sabar convive con humor, ironía e inversión carnavalesca de los roles de género, dentro de un marco religioso que no siempre lo permite del todo. Ahí está su fuerza, y también su fricción.
Del barrio de Dakar al mundo: mbalax y transmisión global
En barrios populares como Gueule Tapée o la Medina, en Dakar, el sabar marca literalmente el ritmo del día. Se sacan sillas a la calle, se forma el círculo, los tambores llenan el aire y las niñas aprenden imitando a las adultas mientras juegan al lado. No hace falta ir a un teatro para ver un sabar: pasa en la acera.
Estos patrones rítmicos son además la base del mbalax, la música urbana nacida en Dakar que hoy se escucha en Senegal, Mauritania y Gambia. En los clubes y conciertos de mbalax se inventan pasos nuevos ligados a canciones concretas, como el ventilateur o el xaj bi, pero siguen apoyándose en el mismo vocabulario corporal de saltos, rodillas y cortes de tambor heredado del sabar.
La circulación fuera de Senegal
Aunque en Europa el djembé suena más conocido, el sabar y su danza se enseñan cada vez más en talleres fuera de África. Maestros como Bakary Fall explican que el sabar se baila sobre el tempo de arriba (upbeat), al contrario que otros estilos africanos centrados en el downbeat, lo que exige una escucha muy fina del corte del tambor. No es un ritmo que se aprenda solo con los pies: hace falta entender primero cuándo llega el corte, y eso lleva su tiempo. Esa circulación abre preguntas que no conviene esquivar: quién enseña, cómo se transmite, y qué vínculo se mantiene con las comunidades senegalesas que sostienen el sabar como práctica viva y no como producto de exportación.
Cambios contemporáneos: cuando también son ellas las que tocan
La división clásica en las familias de griots wolof ha sido siempre la misma: los hombres tocan los tambores, las mujeres bailan. Los chicos aprenden observando a sus padres, las chicas se socializan a través de la danza desde pequeñas. Es un reparto de roles muy marcado, transmitido de generación en generación dentro de estas familias de músicos, con oficio de griot heredado por sangre desde hace siglos.
Pero algo se está moviendo. Cada vez hay más mujeres que empiezan a ocupar lugares visibles como músicas, no solo como bailarinas, y algunos tabúes ligados al tambor se están reconfigurando, incluidos los que tienen que ver con la menstruación y el contacto con el instrumento. El sabar, en ese sentido, funciona como un espejo bastante fiel de los cambios más amplios que está viviendo la sociedad senegalesa en torno a los roles de género.
Vivir el sabar en un viaje de mujeres a Senegal y Casamance
Todo esto no me interesa solo como lectura. En el viaje que organizamos a Senegal y Casamance, el sabar aparece en varios momentos: talleres con asociaciones de mujeres en la isla de Mar Lodj, danza y percusión diola en Diakene Ouolof, y una visita a la École des Sables en Toubab Dialaw, un espacio de referencia para la danza contemporánea africana donde han pasado nombres como Germaine Acogny. No son paradas de escaparate metidas con calzador en el itinerario: son los momentos donde el grupo se sienta, se calla un poco, y escucha.
Poder nombrar el sabar como lenguaje femenino, como tejido de barrio y como lugar donde se negocian el cuerpo, el deseo, la religión y la economía, cambia por completo cómo se vive un taller de danza en un viaje. No llegamos como turistas que consumen un espectáculo de «danza africana» preparado para nosotras. Llegamos como invitadas que escuchan, entran un momento al círculo si les apetece, y salen entendiendo un poco más de lo que hay detrás de ese ritmo que tanto se disfruta y tan poco se explica.
Si te apetece vivirlo en primera persona, tienes toda la información del viaje en la ficha de Senegal con alma: de Dakar a la Casamance.
Si lo que te interesa es la relación entre mujeres y tambor desde una mirada más amplia y no solo senegalesa, tenemos también un artículo sobre el tambor como territorio ecofeminista, que completa esta pieza desde otro ángulo.

Preguntas Frecuentes sobre el sabar en Senegal
¿Qué es exactamente el sabar en Senegal?
El sabar es a la vez un tambor de pie tallado en madera y tensado con piel de cabra, el ritmo que se toca con él, la danza que provoca y la fiesta que se organiza alrededor. Tiene su origen en la sociedad wolof de Senegal y también está presente en las culturas lébou y serer.
¿Por qué el sabar está tan ligado a las mujeres en Senegal?
Porque son ellas quienes convocan el evento, ocupan el centro del círculo y sostienen buena parte de su economía a través de las donaciones a músicos y bailarinas. Desde niñas, las mujeres wolof aprenden a moverse y a expresar su identidad corporal dentro de los códigos del sabar.
¿Es lo mismo el sabar que el mbalax?
No exactamente. El sabar es la tradición de tambores y danza más antigua, mientras que el mbalax es la música urbana que nace en Dakar y que toma los patrones rítmicos del sabar para fusionarlos con influencias afrocubanas, funk y pop.
¿Se puede aprender a bailar sabar sin ser de Senegal?
Sí, cada vez hay más talleres fuera de África impartidos por maestros senegaleses. Pero es importante acercarse desde la escucha y el respeto a la comunidad que sostiene el sabar como práctica viva, no como un producto exótico de exportación.
¿Qué relación tiene el sabar con el islam en Senegal?
Una relación tensa y no resuelta. La danza sabar celebra de forma explícita la sexualidad femenina en una sociedad mayoritariamente islamizada que predica recato en el cuerpo de las mujeres, y algunas de sus versiones más explícitas han sido cuestionadas o incluso prohibidas en países vecinos como Mali.
¿Cómo se vive el sabar en el viaje de Hacia lo Salvaje a Senegal y Casamance?
A través de talleres con asociaciones de mujeres en la isla de Mar Lodj, danza y percusión diola en Diakene Ouolof, y una visita a la École des Sables en Toubab Dialaw. Se vive desde la sororidad y la escucha, no desde la mirada de espectáculo hacia «la danza africana».






