Descubre la Cultura Chachapoyas y el alma verde del Amazonas: Viaje para mujeres a Perú

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Entre la cordillera andina y la selva amazónica se abre una franja de territorio tan fértil como enigmática: la región Amazonas, hogar ancestral de la Cultura Chachapoyas. Este pueblo, conocido como “los habitantes de las nubes”, desarrolló una forma de vida profundamente ligada a la montaña y al bosque, donde la niebla es aliada y el agua, sagrada.

Hoy, caminar por este paisaje es recorrer una historia de resistencia y belleza. Las comunidades del norte del Perú conservan tradiciones milenarias que conectan arte, naturaleza y espiritualidad, y nos recuerdan que el progreso también puede escribirse con barro, con paciencia y con amor por la tierra.

El norte del Perú: donde las nubes guardan la memoria

La región Amazonas, en el extremo norte del país, es una frontera difusa entre la cordillera andina y la selva tropical. Aquí el aire cambia con cada curva del camino: un momento es montaña, al siguiente se convierte en bosque húmedo. Las nubes se enredan en los árboles y la niebla baja como un manto que todo lo cubre.

Chachapoyas, la capital regional, se alza entre montañas cubiertas de musgo, a unos 2.300 metros de altitud. Desde allí, los caminos descienden hacia valles ocultos, ríos serpenteantes y pueblos que aún viven al ritmo de las estaciones.

Es un territorio que ha permanecido al margen de las rutas turísticas masivas, lo que le ha permitido conservar su autenticidad. Aquí, las comunidades no representan su cultura: la viven. El saludo es un gesto de bienvenida real, no una cortesía para la foto.

Viajar por el norte del Perú es entender que la memoria no solo está en los museos, sino también en los gestos cotidianos: en una vasija de barro, en una danza campesina, en un árbol que florece después de la lluvia.

El mundo chachapoya: un pueblo suspendido entre el cielo y la selva

Mucho antes de los incas, entre los siglos IX y XV, existió una civilización conocida como los Chachapoyas, “el pueblo de las nubes”. Su territorio abarcaba las estribaciones orientales de los Andes, una zona donde el clima andino se funde con la humedad amazónica. Esa mezcla marcó su identidad: eran agricultores, guerreros, artistas y guardianes del bosque.

De los Chachapoyas se conservan vestigios que parecen sacados de un sueño: los sarcófagos de Karajía, figuras humanas talladas en piedra y suspendidas en acantilados imposibles; y la fortaleza de Kuélap, una ciudad amurallada construida siglos antes que Machu Picchu.

Pero más allá de las ruinas, lo que asombra es su cosmovisión. Para las comunidades chachapoyas, todo tenía alma: la piedra, el río, el viento. La muerte no era un final, sino una forma de permanecer cerca de la tierra. Su espiritualidad se basaba en el equilibrio —entre vida y muerte, entre humano y naturaleza—, un equilibrio que hoy el mundo moderno ha olvidado, pero que en estas montañas sigue latiendo.

Caminar por estos senderos es sentir que aún se escuchan sus pasos. Que las montañas, con sus nombres ancestrales, siguen protegiendo los secretos del pueblo de las nubes.

Geografía sagrada: bosques de neblina, valles y montañas vivas

El paisaje chachapoya no se parece a ningún otro. Es una geografía exuberante donde la niebla dibuja formas y los árboles crecen cubiertos de líquenes. Se le conoce como bosque de neblina, un ecosistema que solo existe en pocos lugares del planeta y que alberga una biodiversidad desbordante.

Aquí viven especies únicas como el colibrí cola de espátula, el oso de anteojos —uno de los pocos osos sudamericanos— y orquídeas diminutas que solo florecen una vez al año. Los científicos lo llaman “hotspot de biodiversidad”; las comunidades, simplemente, “la casa de los espíritus”.

En estos valles nacen ríos que bajan hacia el Amazonas, y cada uno tiene su propio carácter: el Utcubamba es suave y generoso; el Marañón, salvaje y poderoso. Las cascadas son innumerables, pero ninguna tan impresionante como Gocta, con más de 700 metros de caída libre.

El agua, en esta región, es sagrada. Cada manantial tiene su mito, cada lluvia su danza. Y es que en los Andes, el paisaje no es solo geografía: es espiritualidad.

Guardianas del barro y la palabra: mujeres del norte peruano

Entre todas las riquezas de esta tierra, hay una que no se encuentra en los mapas: las mujeres.

En comunidades como Huancas, son ellas quienes modelan la arcilla y mantienen vivo el arte ancestral de la alfarería. Cada vasija, cada figura, tiene un significado: el barro no se trabaja, se conversa. La tierra se transforma con respeto, nunca con prisa.

Estas mujeres no solo crean objetos; crean memoria. Son maestras, agricultoras, cuidadoras y transmisoras de saberes. Muchas de ellas lideran proyectos comunitarios, impulsan la educación de las niñas y preservan tradiciones que el turismo convencional ha ignorado.

Lucinda, una de las alfareras de Huancas, suele decir que “el barro es como una hija: si la cuidas, te habla; si la olvidas, se seca”. Esa relación íntima con la materia es también una metáfora del ecofeminismo: entender que cuidar la vida —humana y no humana— es un acto político y amoroso.

En el norte de Perú, la fuerza femenina no es una consigna: es una práctica diaria.

Entre colibríes y ruinas: naturaleza, mito y espiritualidad

Dicen que los colibríes son mensajeros entre el cielo y la tierra. En los bosques de neblina, su vuelo es una chispa de color que rompe el verde infinito. Observarlos es casi un acto meditativo.

El colibrí cola de espátula, emblema de la región, tiene unas plumas largas y brillantes que parecen pinceles en movimiento. Las comunidades lo consideran un símbolo de resiliencia: pequeño, ligero, pero capaz de atravesar las tormentas.

Los mitos chachapoyas están llenos de animales guardianes. El jaguar representa la fuerza, la serpiente la sabiduría, el cóndor la conexión espiritual. Y entre todos ellos, la mujer ocupa un lugar sagrado: es puente entre mundos, protectora de la vida y maestra del equilibrio.

No es casualidad que en estas tierras haya tantas leyendas de heroínas. Una de ellas es Matiaza Rimachi, mujer chachapoya que lideró tropas en la batalla de Higos Urco durante la independencia del Perú. Su historia, casi borrada de los libros, aún se recuerda en las plazas de Chachapoyas como símbolo de coraje femenino.

Viajar con conciencia: una mirada ecofeminista al Amazonas

Viajar con Hacia lo Salvaje es mucho más que hacer turismo responsable. Es mirar el mundo desde una ética del cuidado.
Caminar juntas por estos territorios nos recuerda que la sostenibilidad no es un eslogan, sino una forma de relación. Que cuidar la tierra implica escucharla, aprender de quienes viven en armonía con ella, y cuestionar nuestros propios hábitos.

El ecofeminismo nos enseña que las luchas de las mujeres y de la naturaleza son una misma causa: la defensa de la vida. En este viaje, esa idea se hace cuerpo. Cuando compartes una jornada con las campesinas de Cuemal o las tejedoras de Huancas, entiendes que sus saberes son semillas de otro modelo posible, más justo y más tierno.

Viajar así es una forma de resistencia: frente a la prisa, elegimos el paso lento; frente al consumo, elegimos el encuentro; frente al olvido, elegimos la memoria.

Caminar Perú: la invitación

Si alguna vez sentiste el deseo de caminar hasta el origen, de tocar la tierra con respeto y de aprender de quienes la cuidan, este viaje es para ti.

El norte del Perú te espera con su niebla, sus colibríes, sus mujeres sabias y su geografía sagrada. No hace falta ser experta ni aventurera: basta con tener el corazón abierto y las ganas de dejarte transformar.

Caminar Perú: Saberes que Sostienen el Mundo es un viaje para mujeres que buscan sentido, belleza y conexión. Un encuentro entre culturas, generaciones y montañas vivas.

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