Hay lugares que no necesitan gritar para hacerse notar. Tarangire es uno de ellos. Mientras el nombre de Serengeti llena folletos y hashtags, Tarangire se mantiene ahí, en silencio, esperando a quien busca otra forma de mirar. Si te atrae la idea de un safari íntimo, lejos de los circuitos masificados, donde puedas escuchar el crujir de las hojas, el batir de las alas y el suave paso de una elefanta guiando a su grupo, entonces este es tu lugar.
Más allá del ruido: la ruta hacia lo esencial
La carretera desde Mto wa Mbu hacia Tarangire es una invitación a soltar. Tres horas de asfalto que te van quitando el ritmo frenético del día a día. Afuera, los pueblos, los mercados, niñas y niños saludando, las mujeres cargando leña o agua. Dentro del 4×4, el murmullo de tus compañeras de viaje, el sonido de las ruedas, el aire entrando por la ventanilla. Poco a poco, el paisaje se abre, los colores cambian, y empiezas a sentir que estás entrando en otra dimensión: la del silencio vivo, la del tiempo que se estira.
Es en ese trayecto donde comprendes que este no es un viaje cualquiera. No se trata solo de ver animales —eso es fácil—, sino de aprender a mirar. De mirar con respeto, con curiosidad, con esa mezcla de asombro y humildad que nos coloca en nuestro sitio dentro del entramado de la vida.
Tarangire, el pequeño Serengeti (sin las multitudes)
El Parque Nacional de Tarangire tiene algo de escondite. No tiene las dimensiones de Serengeti ni su fama, pero sí su diversidad. Y lo mejor: no tiene sus multitudes. Aquí, los safaris no son una carrera por ver quién avista antes un león, sino un ejercicio de atención. La hierba alta, las llanuras doradas, los baobabs que parecen custodios del tiempo. Esos gigantes milenarios que han visto pasar generaciones de elefantes, de humanos y de lluvias.
En Tarangire, los animales no posan, simplemente viven. Y tú, si vas despacio, puedes ser testigo de esa vida en equilibrio. Elefantes cruzando con calma, ñus pastando, leones dormitando bajo la sombra, aves coloreando el cielo. Aquí, cada movimiento tiene sentido, cada silencio cuenta.
Te sorprenderá descubrir por qué llaman a Tarangire “el pequeño Serengeti”. No por su tamaño, sino por su abundancia. Más de 300 especies de aves, manadas de búfalos, cebras, jirafas, guepardos, leones y, sobre todo, elefantes. Muchos elefantes. Tantos que parece que este parque respira a su ritmo.
Donde las elefantas lideran: la sabiduría de las matriarcas
Si te fijas bien, las líderes de Tarangire no son los leones. Son las elefantas. Ellas guían a la manada, deciden cuándo moverse, cuándo parar, cuándo proteger a las crías o buscar agua. No lo hacen imponiéndose, sino escuchando, recordando los caminos, reconociendo los olores. Su liderazgo es el del cuidado, no el del poder.
Y ahí, en medio de la sabana, mientras observas cómo una elefanta acaricia con la trompa a una cría torpe que aún no sabe beber, entiendes algo profundo. Que la naturaleza ya inventó hace mucho la sororidad, solo que nosotras la habíamos olvidado. Que quizás, si el mundo se guiara más por la lógica de las elefantas, habría más equilibrio, más cooperación, más ternura.
Esa mirada ecofeminista que llevas contigo empieza a resonar con fuerza. No es una teoría, es una experiencia. Ver a esas hembras sostener la vida, trabajar juntas, cuidar sin dominar, es un espejo de lo que significa viajar desde los valores de Hacia lo Salvaje: la colaboración, el respeto, la empatía.
Un safari que no deja huella (o al menos, no de las que pesan)
Viajar a Tarangire también es una elección ética. Evitar los grandes parques no solo te regala intimidad, también reduce el impacto ambiental. Menos kilómetros de 4×4, menos ruido, menos estrés para la fauna. Pero más conexión, más tiempo para observar sin prisas, más espacio para el asombro.
Aquí el safari no es espectáculo, es encuentro. No es conquista, es escucha. Es mirar sin intervenir, estar sin poseer. Cada animal que ves, cada árbol que te da sombra, cada sonido que te envuelve, te recuerda que estás en casa, pero no como dueña, sino como invitada.
Y esa es la magia de este tipo de viajes: transforman la manera en que te relacionas con el mundo. Porque después de ver a una elefanta proteger a su manada, ¿cómo no vas a querer cuidar también lo que te rodea?
Bajo el cielo africano
La noche en la sabana es otro universo. Cae el sol y el aire se tiñe de naranja. Las sombras se alargan, los sonidos cambian. Desde el campamento, el fuego crepita y las historias fluyen. Te miras con tus compañeras y sabes que compartís algo más que un viaje: compartís un propósito. Afuera, los búhos ululan, los grillos marcan el ritmo y, de fondo, algún rugido lejano recuerda que estás en medio de la vida más salvaje.
En el Africa Safari Manyara Escarpment, el descanso se mezcla con el silencio. Y al día siguiente, cuando el camino te lleva al Cráter de Ngorongoro, esa maravilla donde conviven más de 25.000 mamíferos, sientes que Tarangire te ha preparado para mirar distinto: con respeto, con amor, con la certeza de que cada ser tiene su lugar.
Viajar con mirada ecofeminista
En Hacia lo Salvaje creemos que viajar puede ser una herramienta de transformación. No se trata de tachar destinos de una lista, sino de tejer vínculos. Con la naturaleza, con las personas, con nosotras mismas. Un safari ecofeminista no busca “verlo todo”, sino sentirlo todo. Es aprender de la tierra, de las comunidades que la habitan y de los animales que la custodian.
Viajar así es también un acto político. Un gesto de resistencia ante un turismo que a veces olvida lo esencial: que cada paso deja huella, y que tenemos la responsabilidad de decidir qué tipo de huella queremos dejar.
Una invitación
Si algo te ha resonado leyendo esto, si te imaginas caminando entre baobabs, mirando a los ojos de una elefanta o compartiendo una charla bajo las estrellas, quizá este viaje también sea para ti.
“Una aventura en Tanzania con prismáticos violetas” te espera. Un viaje diseñado por y para mujeres, con mirada ecofeminista, para descubrir Tanzania desde otro lugar: el del respeto, la emoción y la conexión con la vida en todas sus formas.
Porque cuando las elefantas marcan el camino, lo único que puedes hacer es seguirlas.






