Tras los pasos de Totoro: un viaje a Japón con mirada ecofeminista

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De niña tenía una obsesión con Mi vecino Totoro. Recuerdo la fascinación que me provocaba esa criatura enorme y amable que dormía bajo un árbol, con el sonido de la lluvia golpeando el paraguas.

Hoy entiendo que esa fascinación se convirtió semilla para diseñar nuestro viaje a Japón con una mirada ecofeminista. La semilla de este camino que recorre bosques, comunidades rurales y templos, buscando reconectar con lo esencial. Porque al final, seguir los pasos de Totoro es también seguir los nuestros: los de mujeres que quieren volver a mirar el mundo con ternura, con respeto y con amor.

Hayao Miyazaki, el genio detrás de Mi vecino Totoro y El viaje de Chihiro, lleva décadas recordándonos que la naturaleza no es un decorado, sino una presencia viva. En sus películas, los árboles escuchan, los ríos sienten y los espíritus de la tierra nos acompañan.

Ese mensaje, tan profundamente enraizado en el sintoísmo japonés, conecta de forma natural con el ecofeminismo: una corriente que, como él, defiende la vida, el cuidado y la armonía por encima del dominio y la explotación.

Miyazaki y la magia de lo natural: cuando la vida se convierte en arte

Mi vecino Totoro y la infancia ecológica

Cuando pienso en Totoro, pienso en la infancia, en esa etapa en la que aún sabemos escuchar al viento. La historia de Mei y Satsuki, dos niñas que se mudan al campo mientras su madre está enferma, es una celebración de lo pequeño, de lo que realmente importa. Ellas aprenden que el bosque está vivo, que los espíritus existen, que la tierra es hogar, no recurso.

Miyazaki nos enseña que cuidar la naturaleza empieza por sentirla como parte de nosotras mismas. Totoro no habla, pero lo dice todo: nos invita a mirar con asombro y a vivir con gratitud.

No es casualidad que, según la Japan Foundation for Environmental Education, el 80% de las niñas y jóvenes japonesas pasa menos de una hora al día al aire libre. En un país cubierto por bosques, esa cifra duele. Mi vecino Totoro fue —y sigue siendo— una forma de resistencia poética frente a esa desconexión.

A mí me marcó precisamente por eso. Porque me recordó que el vínculo con la naturaleza es también eso, un vínculo: con el cuerpo, con la intuición, con la escucha. Cada vez que camino por un bosque o respiro junto a un río, siento que esa niña que miraba a Totoro con ojos enormes sigue dentro de mí, recordándome que vivir despacio también es una forma de cuidar.

El viaje de Chihiro y la crítica al consumismo

El viaje de Chihiro es la otra cara de la moneda. Allí, la protagonista entra en un mundo de espíritus donde la codicia y el exceso lo han ensuciado todo. Chihiro tiene que limpiar, cuidar, observar.

Es un viaje interior, una metáfora de nuestro propio tiempo: hemos convertido el planeta en un baño espiritual contaminado por la prisa y el consumo, y solo podemos sanarlo desde la ternura y la conciencia.

Miyazaki coloca a una niña en el centro de esa transformación. No un héroe ni un guerrero, sino una niña que aprende a mirar. ¿No es esa, acaso, una de las lecciones más poderosas del ecofeminismo? Que el poder está en cuidar, no en dominar. Que limpiar un río, sostener una mirada o plantar una semilla pueden ser gestos profundamente revolucionarios.

El alma verde del sintoísmo

La espiritualidad de lo cotidiano

Para entender a Miyazaki hay que mirar hacia el sintoísmo, esa espiritualidad japonesa que late en los templos, en los jardines y en las cocinas. En el sintoísmo, todo tiene alma: los árboles, las montañas, el agua, incluso los objetos que nos acompañan cada día.

Nada está por encima de nada. Todo está entrelazado.

Los templos sintoístas no conquistan el paisaje: se integran en él. Hay algo profundamente respetuoso en esa forma de habitar, en ese no imponer, sino acompañar. Es una espiritualidad que abraza la impermanencia, la belleza de lo efímero, el mono no aware: esa emoción ante lo que pasa, ante lo que se transforma.

Viajar por Japón con esta mirada es aprender a mirar despacio, a agradecer lo que nace y lo que muere. Es comprender que la belleza no es lujo, sino respeto.

El vínculo invisible entre mujeres y naturaleza

Históricamente, las mujeres japonesas han sido guardianas de lo natural: sacerdotisas, campesinas, tejedoras, recolectoras. Han custodiado el conocimiento de las estaciones, los rituales del agua, las semillas del arroz. Ese vínculo entre las mujeres y la tierra está en el corazón del ecofeminismo, que denuncia cómo los mismos sistemas que oprimen a las mujeres explotan también la naturaleza así como la feminización de las tareas de los cuidados.

Hoy, ese legado resurge con fuerza. Según el Ministry of Agriculture, Forestry and Fisheries, más del 60% de los nuevos proyectos rurales sostenibles en Japón están liderados por mujeres. Son ellas quienes están reforestando, cultivando sin químicos, recuperando tradiciones textiles y construyendo comunidades basadas en el cuidado mutuo.

Mujeres que, sin grandes discursos, están tejiendo un futuro más verde. Y cuando viajamos con ellas, cuando compartimos sus historias, sentimos que su lucha también es la nuestra.

Viajar hacia lo salvaje: redescubrir Japón con los ojos del cuidado

Irene Saki y los viajes que ponen la vida en el centro

En Hacia lo Salvaje soñamos con viajar de otra manera: despacio, con atención, con cariño. Nuestro viaje a Japón de la mano de Irene Saki, mitad aragonesa mitad japonesa, nace precisamente de ese deseo de reconectar cuerpo y paisaje.

Pedaleamos entre volcanes, meditamos en templos, nos bañamos en onsen rodeados de montañas. Visitamos mercados, comemos donde comen las locales, aprendemos oficios antiguos como el teñido índigo.

Pero sobre todo, escuchamos. A las mujeres que viven en armonía con la naturaleza. A los árboles que guardan siglos de historia. A nosotras mismas, cuando por fin dejamos que el silencio hable.

Estos son viajes que ponen la vida en el centro, viajes donde lo importante no es la foto perfecta, sino la experiencia profunda. Donde la belleza se vuelve conciencia. Donde cada paso es una conversación con la tierra.

Naturaleza, cuerpo y transformación: el viaje como herramienta de cambio

En Japón, cada estación es un recordatorio de que todo está vivo. La primavera del hanami, cuando los cerezos florecen y el país entero celebra la vida, o el otoño del momiji, con sus hojas encendidas como brasas. Observar esos ciclos naturales es comprender que la transformación también nos pertenece.

Viajar con mirada ecofeminista es viajar hacia dentro. Es aceptar que el paisaje nos cambia, que el cuerpo también aprende de la montaña, del agua, del silencio.

Quizá por eso me gusta pensar que seguir los pasos de Totoro no es solo recorrer Japón, sino reencontrarme con aquella niña que creía que todo tenía alma.

Porque, de alguna manera, tenía razón.

Conclusión: “el mundo es más bonito de lo que pensamos. Solo necesitamos mirar.”

Miyazaki decía que “el mundo es más bonito de lo que pensamos. Solo necesitamos mirar.”

Y mirar, cuando lo hacemos con conciencia, se convierte en un acto de amor.

Japón nos enseña que la naturaleza no se conquista, se acompaña. Que el respeto puede ser tan poderoso como la fuerza. Que lo sagrado no está lejos: está en lo cotidiano.

Viajar con mirada ecofeminista es, al final, un ejercicio de regreso. Regreso a lo esencial, a lo vivo, a lo femenino.
Porque cuando viajamos juntas, cuando caminamos hacia lo salvaje, descubrimos que otra forma de estar en el mundo es posible.

Y quizá, solo quizá, Totoro nos estaba guiando hacia aquí desde el principio.

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